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No nací de un repollo pero sí de un fruto carmesí. Mi alumbramiento, ajeno a sábanas tendidas, fue sobre la hierba húmeda bajo una resolana de mediodía. La sangre que untaba mi cuerpo se lavó en las aguas de un río. Los peces me bebieron bajo los brazos, entre las piernas y en las comisuras de la boca. Sin fajas de telas blancas quedó mi piel al aire impregnada de olor a verdes y a lavanda. Aprendí las únicas palabras indispensables: tierra, cielo, calor, agua, aire, ...

No nací de un repollo pero sí de un fruto carmesí. Mi alumbramiento, ajeno a sábanas tendidas, fue sobre la hierba húmeda bajo una resolana de mediodía. La sangre que untaba mi cuerpo se lavó en las aguas de un río. Los peces me bebieron bajo los brazos, entre las piernas y en las comisuras de la boca. Sin fajas de telas blancas quedó mi piel al aire impregnada de olor a verdes y a lavanda. Aprendí las únicas palabras indispensables: tierra, cielo, calor, agua, aire, ...

Me senté a tu lado en el borde de la cama. Habías tomado y te reías. Dijiste: Es que yo te amo. Yo me reí también, nerviosa porque tu novia te esperaba ahí, al otro lado de la pared. Había poca luz, un farol de la calle nos alcanzaba apenas. Llegaban voces y el canto de Jevetta Steele desde el living. Me atrajiste hacia vos y la mitad de mi cuerpo se encimó al tuyo. Tu boca olía a vino dulce y tus manos, ni sé cómo, cubrían toda mi espalda. Ella entreabrió la puerta y...

Me senté a tu lado en el borde de la cama. Habías tomado y te reías. Dijiste: Es que yo te amo. Yo me reí también, nerviosa porque tu novia te esperaba ahí, al otro lado de la pared. Había poca luz, un farol de la calle nos alcanzaba apenas. Llegaban voces y el canto de Jevetta Steele desde el living. Me atrajiste hacia vos y la mitad de mi cuerpo se encimó al tuyo. Tu boca olía a vino dulce y tus manos, ni sé cómo, cubrían toda mi espalda. Ella entreabrió la puerta y...

Y yo que me la pasé espiando ventanas abiertas en verano, cuando las cortinas ligeras se agitaban al aire del ventilador y dejaban a la vista una mesa, un plato, una cama con sábanas revueltas, la tele encendida en la novela. Y yo que me detenía intrigada a buscar en esas otras vidas los nudos con la mía (y volver más liviana la soledad). Y tejía historias –no las de los otros, los que habitaban ese...

Y yo que me la pasé espiando ventanas abiertas en verano, cuando las cortinas ligeras se agitaban al aire del ventilador y dejaban a la vista una mesa, un plato, una cama con sábanas revueltas, la tele encendida en la novela. Y yo que me detenía intrigada a buscar en esas otras vidas los nudos con la mía (y volver más liviana la soledad). Y tejía historias –no las de los otros, los que habitaban ese...

Mi abuela decía que los niños que nacen durante las tempestades lloran sin alivio los primeros meses de vida. Que el sonido de la lluvia queda impregnado en su oído nuevo, para siempre. Consecuencia de esto, agregaba, pueden suceder dos cosas: el temor o el placer. Si prevalece el primero, huirán del llanto hasta que, sin remedio, los alcance. Si acontece el gozo, sabrán lidiar con las tormentas y el sonido del agua será su arrullo. Yo nací durante la tormenta de Santa Rosa.

Mi abuela decía que los niños que nacen durante las tempestades lloran sin alivio los primeros meses de vida. Que el sonido de la lluvia queda impregnado en su oído nuevo, para siempre. Consecuencia de esto, agregaba, pueden suceder dos cosas: el temor o el placer. Si prevalece el primero, huirán del llanto hasta que, sin remedio, los alcance. Si acontece el gozo, sabrán lidiar con las tormentas y el sonido del agua será su arrullo. Yo nací durante la tormenta de Santa Rosa.

Entonces ella, mujer de pocas palabras, tomaba mis manos y me enseñaba con excelsa maestría el gesto de rodear la lechera. Decía con gracia: ¿Sentís la tibieza? Esa es la temperatura exacta. El tacto siempre es el mejor termómetro.

Entonces ella, mujer de pocas palabras, tomaba mis manos y me enseñaba con excelsa maestría el gesto de rodear la lechera. Decía con gracia: ¿Sentís la tibieza? Esa es la temperatura exacta. El tacto siempre es el mejor termómetro.

Como nada es lineal en esta vida, como la yunta del azar y mis pasos a veces me despista, hay algo que suelo hacer para trocar, desechar o alcanzar deseos. Es una idea, es mi regalo:  1. levantás los brazos como para tocar el cielo (¿sabés que empieza en la tierra?) 2. tomás impulso y despegás las piernas del piso (vas a sentir vértigo, pero pasa) 3. te arrojás con fuerza hacia...

Como nada es lineal en esta vida, como la yunta del azar y mis pasos a veces me despista, hay algo que suelo hacer para trocar, desechar o alcanzar deseos. Es una idea, es mi regalo: 1. levantás los brazos como para tocar el cielo (¿sabés que empieza en la tierra?) 2. tomás impulso y despegás las piernas del piso (vas a sentir vértigo, pero pasa) 3. te arrojás con fuerza hacia...

"Lunático", le decía la abuela cuando limpiaba los platos. El abuelo giraba el trapo en círculos sobre la porcelana blanca. Una vez y otra. Cada tanto lo alejaba de su vista para voltearlo y dibujar elipses lunares en el aire. Era un mago que encendía ante mis ojos la luz de las cosas. En los atardeceres de verano nos sentábamos en el viejo sillón de hierro. Contábamos hasta tres y sobre ese cielo turquesa y rosado mirábamos un punto fijo a la espera del milagro ...

"Lunático", le decía la abuela cuando limpiaba los platos. El abuelo giraba el trapo en círculos sobre la porcelana blanca. Una vez y otra. Cada tanto lo alejaba de su vista para voltearlo y dibujar elipses lunares en el aire. Era un mago que encendía ante mis ojos la luz de las cosas. En los atardeceres de verano nos sentábamos en el viejo sillón de hierro. Contábamos hasta tres y sobre ese cielo turquesa y rosado mirábamos un punto fijo a la espera del milagro ...

Como si los regresos fueran posibles, subí al tren de siempre. Hasta ayer no sabía yo que nunca se vuelve, que la piel cambia como la luz que cambia, como esa piedra que se parte apenas bajo esta mole de metal. El reloj de la estación indicará las cinco igual que ayer, con idéntica precisón que mañana, pero miente: nunca se vuelve, se va.

Como si los regresos fueran posibles, subí al tren de siempre. Hasta ayer no sabía yo que nunca se vuelve, que la piel cambia como la luz que cambia, como esa piedra que se parte apenas bajo esta mole de metal. El reloj de la estación indicará las cinco igual que ayer, con idéntica precisón que mañana, pero miente: nunca se vuelve, se va.

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